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Hace unos días recibimos la siguiente publicación de D. Angel Neila Majada, a quien enviamos un cordial saludo de parte de D. Fermín Quijano Fernandez:

EL ÚLTIMO DRUIDA

Es lo que tiene ser curioso y estar siempre buscando cosas nuevas; digo cosas nuevas para mí, porque lo que yo voy buscando ya está ahí hace cientos, miles de años. Y de tanto buscar al final siempre se encuentra algo. Andaba yo indagando dónde podía encontrarse la boca de entrada a la cueva de Sovilla (1) y no había manera. Cuando ya iba a claudicar del intento apareció, como por arte de magia, de detrás de un gran roble, un anciano de pelo cano, pequeño y rechoncho y que yo conocía de haber tomado el blanco y haber comido sus excelentes callos en el bar que regentaba en Barros de Buelna, “Casa Minchu”, don Fermín Quijano, natural de Coo de las Castañas, hoy Coo a secas. Conocedor de su entorno y sin soltar un ramo de hierbas que llevaba en su mano izquierda, me enseñó el lugar exacto y que inmortalicé en la fotografía que acompaña a este texto. Si mi curiosidad se desplomó al comprobar que la boca de entrada estaba cerrada por una sólida verja de hierro, tomó nuevos bríos cuando “Minchu” me contó que andaba recogiendo muérdago. Me estuvo explicando un montón de cosas beneficiosas que el muérdago tiene para la salud de personas y animales mediante brebajes y ungüentos; también me contó leyendas, bastantes (las escobas de la brujas –decía una de ellas- están hechas de muérdago, según le contaban a él cuando era niño), sobre esta planta considerada mágica por los antiguos druidas celtas. Una vez visitada la cueva acompañé a “Minchu” con su permiso en la labor de recolección de muérdago, enseñándome otro montón de cosas, que aún retengo. Pronto me di cuenta que utilizaba una especie de ritual cada vez que cortaba el muérdago con una peculiar navaja con hoja en forma de media hoz, pues musitaba palabras en voz baja que no llegaba a entender; ante mi curiosodad más tarde me explicó que era un rito que había aprendido de sus antepasados, como dándole gracias al árbol por ofrecer la beneficiosa planta. Después de bastantes años de aquella, para mi, maravillosa experiencia en una mañana de invierno, entre Las Caldas de Besaya y Sovilla de Buelna, hace poco tiempo que volví a encontrarme con “Minchu” en Torrelavega, donde vive en la actualidad con sus noventa años largos a las espaldas; como aquella vez llevaba un ramo de muérdago en la mano izquierda, mientras que la otra mano se apoyaba sobre una cachava: “Me lo ha traído uno de Barros, que yo ya no estoy para subir a los árboles”, me dijo.

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